Transformación Social

Por: Baltazar Caravedo

 

¿Qué significa transformación?¿A qué nos referimos cuando usamos ese concepto? En términos generales y muy simples podemos decir que nuestro objetivo como seres humanos es contribuir al sostenimiento de la vida. Sin vida no hay vida. Los procesos que debemos impulsar para lograr este propósito abarcan varios planos y dimensiones. De un lado, la forma  en que nos relacionamos con nuestro entorno; cómo hemos ocupado el planeta y cómo tratamos los recursos naturales de los cuales vivimos. De otro lado, las maneras en que nos relacionamos entre nosotros; es decir, cómo nos organizamos en esa búsqueda de subsistencia y continuidad de la especie humana y otras formas de vida. Finalmente, el despliegue de nuestra dimensión subjetiva, nuestras ideas y conocimientos, nuestra conciencia, nuestros afectos, nuestra cultura. Todos estos planos y dimensiones están articulados.

La transformación es la negación de lo dado. Desde un punto de vista humano, lo dado es un vínculo que se mantiene a través de las prácticas, porque tiene una significación o cumple con un sentido. La negación de lo dado es un cambio de significación. En la sociedad humana el sentido de una época está expresado por la información y la emoción dominantes que construyen una racionalidad. Dada la velocidad con la que actualmente se produce y difunde nueva información, es factible pensar que los cambios de sentido no sólo ocurrirán con mayor rapidez, sino que podrán originarse desde los más minúsculos universos sociales. La transformación social es la  modificación del sentido de nuestra existencia, individual o colectiva.

¿Cómo se puede transformar? Los significados que impactan sobre nuestra práctica proceden de distintos universos dentro de los cuales actuamos y de los cuales recibimos mensajes, aunque no lo advirtamos. Si bien hay un número muy variado de universos, podemos decir que algunos juegan un papel predominante. Estos son la escuela, nuestros lugares de trabajo (las empresas), nuestros espacios de relación no laboral de la vida cotidiana (familia) y los medios de comunicación. Estos espacios son los mundos referentes que inadvertidamente nos guían.

¿Cómo hacer para que esos universos también cambien? Si admitimos que la re significación es un proceso afectivo en el que nuestras emociones están comprometidas; si estamos de acuerdo en que no hay interacción si no hay comunicación; si aceptamos que la comunicación más efectiva es la que actuamos, y si sostenemos que lo más cerca que tenemos para transformar somos nosotros mismos, una cuestión fundamental tiene que ver con la posibilidad de transformación personal, de nuestra propia existencia. Dado que nuestras sociedades son un continuo tejer vínculos y que todas esas relaciones persiguen un objetivo, se puede decir que, finalmente, la transformación consiste en dar nuevos sentidos a lo que hacemos, a nuestras relaciones. Cuando varía el sentido todo se modifica.

A propósito del caso peruano.

La identidad de toda sociedad humana es un proceso dinámico, es decir, una entidad en  construcción permanente.  Tiene que ver con la manera en que se articulan todas las dimensiones dentro de las que se despliega el universo de individuos que la componen.  Intervienen en ello su historia, su composición social, la organización de la producción de sus bienes y servicios, la ocupación de su territorio, la concentración y dispersión de su población, la abundancia o escasez de los  recursos naturales en su ámbito y la utilización de los mismos, las diferencias en los niveles de vida de su gente, la estructura del poder político y la manera de acceder a éste, los mensajes que se comparten, repiten y transmiten de generación en generación, sus expresiones culturales y artísticas,  los valores que se practican en la vida cotidiana, más allá de la palabra.

En los últimos cien años la sociedad peruana ha pasado de ser una estructura social de predominio serrano, dispersa y rural a otra de preeminencia costeña, urbana y centralizada; y más recientemente, de un universo en el que Lima atraía casi con exclusividad los desplazamientos de los migrantes de la sierra y de otros lugares de la costa y selva a otra en la que emergen nuevos polos de desarrollo que podrían desafiar el centralismo aún existente. Se ha modificado el peso de ciertos elementos dramáticos y trágicos cargados de un sentimiento de derrota; a una sociedad que se ha integrado a la globalización sin dejarse agobiar por la penuria de su pasado. Ha transitado del predominio de un patrón de relaciones en el que lo andino indígena y lo selvático permanecían excluidos y subordinados frente a lo europeo occidental asentado en nuestra geografía,  a  otro en el que se abre paso la fusión e integración de estos elementos conjuntamente con otros  provenientes de una diversidad de culturas que llegaron a nuestro país antes y después de la Independencia.

De las comunidades indígenas y campesinas sometidas por la servidumbre y el enganche,  los enclaves mineros, las grandes haciendas serranas y costeñas y la actividad artesanal de las ciudades emergentes, hemos pasado al desarrollo y extensión del mercado basado en ciudades más voluminosas, inversiones mineras, de hidrocarburos, energía y agroindustriales   que se articulan cada vez más a las dinámicas económicas internas de distintos lugares dentro de nuestro territorio contribuyendo a la expansión del mercado, y a la emergencia  explosiva de micro y pequeñas empresas. De ser un territorio desarticulado en el que las personas, las organizaciones y las empresas tardaban en comunicarse, hemos llegado a ser un ámbito más conectado, con un sistema vial que integra procesos productivos y economías de diversa magnitud y dinamismo, y un universo variado de sociedades locales y regionales vinculadas entre sí y con el mundo gracias al avance del transporte por el que se desplazan personas y bienes, y, los grandes medios de comunicación y el internet.

La estructura del poder y los mecanismos para acceder a éste han pasado de formas  semi democráticas o claramente dictatoriales a dinámicas democráticas en las que la renovación de las autoridades se producen mediante elecciones en sus distintos niveles (nacional, regional y distrital). Pero, contradictoriamente, los partidos políticos se han debilitado y des institucionalizado, perdiendo su capacidad doctrinaria y pedagógica, sustituidos cada vez más por plataformas electorales  conformadas por personas que pueden transitar fácilmente de una a otra, sin considerarse tránsfugas. Las entidades políticas han perdido confianza y los apetitos de todo origen son mandantes en la búsqueda del poder.

La modificación de la base de los procesos económicos, sociales, políticos y culturales ha creado un nuevo patrón de relaciones predominantes. Si bien, en términos generales, se puede sostener que el mercado se ha convertido en un factor fundamental de la dinámica económica y social, responsable de una de las fuentes principales de expectativas y motivaciones; también sucede que la propiedad y la riqueza se concentran y podrían constituirse en un freno a un despliegue más democrático de la capitalización del país; y, si bien el nivel de vida de la población tiende a mejorarse, también ocurre que las desigualdades económicas no desaparecen, a veces se profundizan y  la pobreza subsiste (no sólo la económica) aunque algunos indicadores sugieran un retroceso relativo.

Paralelamente, se abren paso nuevas preocupaciones, nuevas inquietudes, nuevos sentimientos, nuevas prácticas. Luego del predominio de una preferencia por lo extranjero (principalmente norteamericano o europeo) renace el reconocimiento por lo peruano; el mercado ya no sólo está asociado a las utilidades económicas sino que está incorporando consideraciones ambientales y una creciente aceptación por comportamientos socialmente responsables; la informalidad productiva es cada vez más recusada por la obstaculización que genera a la competitividad, pero subsiste desafiante, maltratando al medio ambiente y a los que integran sus recursos humanos. Las distintas formas de expresión artística y gastronómica andinas, criollas y originarias de la selva, son admitidas e incorporadas aunque, la discriminación y la exclusión habitan en un mismo universo de significaciones conjuntamente con nuevos  elementos de inclusión e integración.

En el plano de los afectos, la ética, los valores y las prácticas de la vida cotidiana se alzan, también, particularidades que dan cuenta de las contradicciones que caracterizan el proceso de desarrollo e identidad peruana. Nos sentimos más hermanos pero, igualmente, sospechamos de los demás a quienes atribuimos no sólo el no jugar limpio sino, asimismo, de ser portadores de prácticas injustas. Nos preocupamos por los demás pero, al mismo tiempo, incumplimos la ley o despreciamos su cumplimiento. Adoptamos la actitud del que todo lo puede aunque no hagamos nada concreto o la del observador, inactiva y pasiva a la vez. Entre la ilusión y la desconfianza  se nutre el cinismo. Ha emergido, y predomina, la cultura de la “viveza”, la misma que tiñe los negocios, la acción política y el vínculo cotidiano con todos los que nos rodean. Y allí se esconde la violencia.

En cada acción que realizamos, no importa su naturaleza o duración, se encuentra contenida nuestra ética y nuestros valores, nuestro conocimiento y nuestra experiencia, nuestras capacidades y nuestras torpezas; nuestras potencialidades y nuestras limitaciones; nuestros afectos y nuestras racionalidades; las realizamos inadvertidamente y, sin embargo, llevan mucho más de lo que somos capaces de ver. La complejidad de sistemas en el Perú ha generado un patrón ético caracterizado por la predominancia de la ambivalencia cínica (“somos vivos”) que, adicionalmente, suele venir acompañada, de desconfianza (“piensa mal y acertarás”) y pesimismo (“jugamos como nunca, perdimos como siempre”). El hecho de ser predominantes no significa que no existan otros patrones con sentidos distintos. El problema tiene que ver con la tensión entre el patrón predominante y el patrón subordinado o emergente (de optimismo y  confianza).

El Perú es pues, una sociedad signada por la contradicción; estamos divididos pero somos diversos. Nos movemos entre el marasmo y la ilusión benévola; entre la exclusión y la integración; entre la confrontación destructiva y el diálogo edificante. ¿Cómo hacer para crear un clima social que integre?¿Cómo hacer para que se reconozca la diversidad? Este es un desafío que tenemos por delante. Es necesario conformar un factor de creación de oportunidades para acercar a los diferentes, a los antagónicos, a los que no se reconocen, a los que no se hablan, a los que no se miran o lo hacen con desprecio. A partir de la aceptación de nuestra diversidad será posible la integración; sin esta condición, lo que se impone es la fragmentación. Nos alienta la posibilidad de influir en la conformación de una ética que haga posible que en el Perú los seres humanos vivamos con sentido, con dignidad, con valores de respeto mutuo que se expresen en nuestras prácticas empresariales, sociales y políticas. Este es el desafío que enfrenta la transformación de la sociedad peruana. La presencia y expansión de empresas con propósito, interesadas y comprometidas con su quehacer en la solución de problemas sociales y ambientales debe contribuir a ello. Las empresas B son una propuesta de transformación que sería deseable que se expandan y multipliquen.

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